IDEAS VAN Y VIENEN TODOS LOS DÍAS, ALGUNAS TRASCIENDEN, OTRAS SE PIERDEN EN EL OLVIDO, TODAS, SIN EMBARGO, APORTAN AL BAGAJE COLECTIVO DE NUESTRA CULTURA.

Abelardo González Zamudio

martes, 29 de diciembre de 2009

Del Anecdotario de la Generosa: “SAREO Y LOS PESCADITOS”

Éste lo escuche por vez primera en la lonchería con venta de cerveza -así impuso el gobernador Murillo Vidal que deberían llamarse en la Lay a las cantinas, de esa forma en el censo de als mismas, Veracruz tendría muy, pero muy pocas.
No recuerdo de quien lo escuchamos, muy probablemente de Tío Gundo, un ser humano excepcional que vivió alrededor de 100 años y que, cantinero de profesión, tenía una y mil historias de éstas que forjan la cultura de Alvarado, la tierra que nos vio nacer. Venía pues el filósofo popular de una ardua jornada de pesca, en la que sólo había logrado atarrayar unos pocos peces de ínfima calidad. Caminaba por aquellas “calles llenas de arena” a las que les cantó Pablo Coraje, con el ensarte de peces en una mano, y la atarraya en la otra, cuando lo interceptó una señora con el fin de tranzar aquella mercancía. -Don Sareo, ¿a cuánto vende los sarguitos? -Señora, yo no vendo éstos pescaditos. -Don Sareo, ¡¡¡véndame los sarguitos!!! mi marido va a llegar a comer, es su cumpleaños y no tengo que darle. -Mire señora, en todo caso, le vendería yo los “pescaditos”. -Por eso, eso es lo que yo le digo, que me venda los sargos, ¿Cuánto va a ser? -Señora, por estos pescaditos, deme lo que sea su voluntad. -Pero que Don Sareo, ahora si veo que no quiere vender éstos sargos, mire le voy a dar 5 pesos, ¿cómo ve? -Está bien, mi señora, lo que me dé, está bien. Se marcho muy contenta la señora con sus “pescaditos” y Don Sareo con sus 5 pesitos. Al calor de la leña, en el patio de la casa, freía aquella paisana sus “sarguitos”, el humazo y el peste que éstos causaban era abundante, pero más la felicidad de deleitar al esposo. Cuando el agasajado llegó, inmediatamente notó un olor poco característico y mucho humo en el patio de la vivienda. -Qué bueno que llegas, te estoy friendo unos sargos que te voy a servir con un pico de gallo con “chilpaya” y tortillas del comal.
Acercándose al anafre, proclama el marido: -Pero mujer, ese olor no es de sargo, ¡si serás pendeja!, éstos son ronco amarillos, no sargos, te han timado, ¿quién te dijo que eran sargos? -Me los vendió fresquecitos y baratos Don Sareo, venía llegando de la pesca, le di 5 pesos por el atado. -Viejo tranza, te robó, esos roncos no valen ni un “tostón”. Pasados los días, se encuentran Don Sareo y el marido ofendido: -Oiga Don Sareo, ¡¡¡qué poca madre tiene usted, chingó a mi mujer!!! -¿Por que dice eso, mi buen amigo?, yo no tengo el gusto de conocer a su mujer -Como no, ¡¡¡si el otro día le vendió unos roncos como sargos y se los vendió carísimos, a cinco pesos, ni que fueran chucumites!!! -Ah, espéreme, yo no robé a nadie, su señora me pidió que le vendiera los sarguitos y yo le dije claramente que no le podía vender los “pescaditos”, ante su insistencia en que le vendiera los “sarguitos”, yo dije que me diera lo que ella quisiera por los “pescaditos”, mi buen amigo:
¡¡ELLA LES PUSO EL NOMBRE Y EL PRECIO!! así que yo no chingué a nadie.

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